Meter miedo para cambiar de hábitos

Mi médico de cabecera es un tipo muy singular. Tiene un sentido del humor muy negro que siempre es entendido (y reído) por sus pacientes. Pero en lo que a mí respecta estoy contento con él y con sus bromas. Considero que con su actitud un poco dura busca azuzar a sus pacientes para que cambien si considera que están haciendo algo mal.

En mi caso, él logró que me pusiera las pilas con la alimentación y el ejercicio físico. Acudí un día por un problema gástrico y saqué el tema de mi sobrepeso. Él recogió el guante considerando (yo creo que con razón) que yo sacaba el tema para que me diera un poco de caña. Y me empezó a hablar de enfermedad que podían surgir por la “mala vida” que llevaba. Me habló del cancer al recto síntomas, de ataques al corazón, de trombosis…

En este sentido es un médico de cabecera a la antigua usanza. Cuando yo era niño tuve un médico parecido, un señor mayor que se implicaba mucho con los pacientes y que, siendo un poco hosco, casi siempre tenía razón y dejaba muy contento a la mayoría. Después yo pasé por muchos otros médicos con un talante más moderno, menos apegado, mucho más burocrático. A veces da la sensación de que son robots que recitan siempre lo mismo.

Y entonces llegó este tipo de pelo blanco ensortijado que más parece un científico loco que un médico de familia. Con toda la retahíla de enfermedades que me citó me entró un poco el miedo y me planteé seriamente cambiar de hábitos. Y, entonces, le pregunté qué podía hacer. Me miró durante unos segundos y dijo: “haz ejercicio y come mejor”. Así, sin más. Y luego se echó una gran risotada, aclarando: “pero puedo ser más específico, si quieres”.

Le dije que no hacía falta, que lo había entendido. No quería que me hablase otra vez de cancer al recto síntomas ni otras terribles enfermedades. Me apunté a un gimnasio y cambié radicalmente mi alimentación. Cuando volví unos meses más tarde tras perder mucho peso, simplemente me estrechó la mano: “enhorabuena, vivirás más… casi seguro”, dijo.