El test

Había faltado a clase por enfermedad y todo me pilló de sorpresa. Me habían hablado de un test de inteligencia pero no quise darle demasiada importancia aunque siempre me habían agobiado esa clase de pruebas. ¿Cómo era posible que con solo un test ya se supiera lo inteligente (o tonto) que eras?

Así que cuando un profesor desconocido entró en clase yo empecé a preocuparme. Otro compañero y yo que no habíamos estado el día del test fuimos reclamados. Nos juntaron con otros alumnos de otras clases y nos llevaron a un aula vacía. Aunque hayan pasado más de 25 años todavía lo recuerdo. Era un aula que funcionaba de biblioteca: una de las partes más antiguas del colegio con un toque gótico algo tenebroso. Pues allí nos metieron, a media luz, nunca supe por qué, si se habían estropeado las luces, o son mis recuerdos que ‘emborronan’ la situación…

Nos explicaron brevemente en qué consistía la prueba. Yo ya estaba de los nervios porque los compañeros me habían dicho que era muy fácil. Y a mí todo ‘lo fácil’ se me daba regular. Yo era más de lo difícil, de lo que todo el mundo temía. Siempre fui de llevar la contraria…

Así que no me enteré de nada cuando los profesores explicaron qué había que hacer. Me pusieron delante el test y empecé a sudar. Creo recordar hasta el jersey que llevaba, demasiado gordo para aquella época del año. Y mientras sudaba a chorros, además de que había regresado después de estar varios días malo, se me empezó a nublar todo. Y respondí a voleo las preguntas.

Eso sí, salí del examen con las cosas muy claras: “soy tonto de remate”. Seguro que en la reunión después del test los orientadores me dicen que mi futuro está como vendimiador o algo así. Cuando nos dijeron que ya podíamos ir a ver el resultado, me negué a acudir a la cita. Algún amigo fue y volvió diciendo que era superdotado y cosas así. Yo preferí no saber lo ‘inteligente’ que era. Nunca más hice un test de esos. Y tan feliz… en mi ignorancia.